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18 de Febrero, 2006


abelardo castillo, argentina

Abelardo Castillo - Thar

 

Thar significa venganza. La literatura, hace unos años, quiso que yo recordara haber leído esa palabra en un libro de Washington Irving; la vida, hace menos de un mes, que la encontrara en el fondo de una mercería, en Jeppener.
La literatura, escribí; no es cierto. Fue el encargo de redactar un cuento para la revista Vea y Lea, cuento, según se me pidió, donde debía haber por lo menos un muerto. No pude escribirlo, de eso me acuerdo. También me acuerdo de que no será éste. Esa vez pensé que el Cercano Oriente –sus largos rencores, sus médanos sanguinarios- era lo bastante exótico, alevoso y extranjero como para armar un buen relato de autor nacional. Nunca fui imaginativo; pensé de inmediato en la Biblia, en una poderosa aniquilación bíblica. Después pensé en los comunicados de la DAIA y de la AMIA y elegí el Islam. Un odio entre familias me pareció lo mejor. La anécdota era lo de menos; ya en el siglo XVI Shakespeare ideó para todo uso el odio tribal más ilustre. En mi historia, como también le pasaba a Shakespeare, morían asesinados todos. Lo que nunca pude resolver fue un problema gramatical: la ortografía castellana de la palabra Thar. Todavía la ignoro. La página de Washington Irving donde aún hoy la sitúa mi memoria no dice Thar, dice: “La venganza era casi un principio religioso entre ellos. Vengar la afrenta hecha a un pariente era el deber de la familia, envolvía a menudo el honor de la tribu entera y estas deudas de sangre abarcaban generaciones.” Mi traducción española del Corán tampoco dice Thar, dice Talión. “Se os prescribe la Ley del Talión en el homicidio: el libre por el libre, el esclavo por el esclavo, la mujer por la mujer.” (Azora II, versículo 173). Y dice: “Persona por persona, ojo por ojo, nariz por nariz, oreja por oreja, diente por diente: las heridas se incluyen en el Talión. Quien dé como limosna el precio de la sangre, eso le servirá como penitencia.” (Azora V, versículo 49). Lo cual me indujo a pensar que Alá es por lo menos tan justo como Jehová, y que Thar y Talión son la misma cosa. En medio de esta filología se fundió la revista Vea y Lea y yo creí librarme para siempre de aquel cuento.

Nunca habría empezado a escribir éste de no haber mediado Jappener. O, más precisamente, el fondo de una mercería, en Jeppener.
Debo decir que Jeppener existe. El mapa de la provincia de Buenos Aires lo sitúa en la línea del Ferrocarril Roca, entre Brandsen y Altamirano. Algún lector de buena memoria tal vez lo relaciones con cierto recuadro policial del 27 de julio pasado. Localidad, decían los diarios, y es un caserío polvoriento donde siempre es la hora de la siesta y chicos pensativos hacen bogar barquitos de papel en los zanjones. La mercería que digo está a la derecha del ferrocarril, viniendo de la Capital, a una cuadra de la estación. Su dueño pasaba por ser turco y el vecindario lo llamaba Alí. La cariñosa soledad de unos primos me llamó a Jeppener; la dificultad de Alí para escribir en argentino, a su trastienda. Ya no recuerdo la carta que redacté esa primera tarde –algún pedido de trencillas-, de sedalinas-, recuerdo, en cambio, una espada sarracena colgando descomunalmente de una pared. Grabada en la hoja, reconocí la palabra perdida: la adiviné, misteriosa y amenazante, dibujada en caracteres semíticos. Ignoro demasiados idiomas como para preocuparme por no leer árabe. Me preocupa mucho más lo que en ese momento sucedió. He dicho que reconocí la palabra o la adiviné; debería admitir que la leí. Thar. El viejo turco, que por supuesto era árabe y tendría unos ochenta años, me contó la historia de la espada.
-Fue –dijo- de Uma ibn Yadir.
Después habló las cosas que yo quiero referir ahora. Su relato se rompía en el tiempo; restaurar sus partes y olvidarme de la pronunciación de Alí son los únicos méritos que me atribuyo. Donde el mercero decía: “Ostié lo sabi”, yo escribiré: “Usted lo sabe”, y no estoy seguro de obrar bien. En todo lo demás, esta versión será mucho más pobre que la del viejo. Oyéndolo debí comprender que Alí pudo gozar en este mundo de un destino mejor que su mercería de Jeppener, en lo más perdido de América, en la Argentina; el solo hecho de ver su mano junto a la empuñadura de la cimitarra debió bastar para que me diera cuenta. También debí recordar en qué fecha huyó Mahoma hacia Medina y qué le pasó al calendario. Mahoma, a quien el mercero nombraba Muhamaad o Mohamed y al que, sin cambiarle la voz, calificaba asombrosamente de perro parido por el culo o de joya rutilante entre las estrellas de Alá. Ya confesé que mayormente me falta imaginación; oyendo al viejo, casi descubro que también me falta grandeza. De puro mezquino, lo imaginé lugarteniente o segundón de algún jeque, bárbaro guardaespaldas de algún bárbaro señor poblado de mujeres, petróleo y anteojos ahumados. Me equivoqué. La espada sarracena, pensé, sería el recuerdo de un salvaje y dichoso patrón de Alí. También me equivoqué.
La historia termina días pasados pero empieza hace siglos. Hubo, mucho antes de nacer Mahoma, en tiempos que los copistas musulmanes llaman los Días de la Ignorancia, en la montañosa Hedjaz, una raza temible por su estatura y por su orgullo: la gigantesca raza de Thamud. Idólatras, el viejo sabía que ya habitaban la Tierra en edad de los Patriarcas y que la sumieron en el escándalo y el error. El Misericordioso les envió entonces un varón santo que se llamaba Saleh e hizo brotar de la roca viva una camella con cría. El concluyente milagro, sin embargo, redimió sólo una parte de la tribu: la otra, descogotó a la camella. “Antes”, me detalló el viejo, “la habían atado a una especie de palenque”; después, un gran alarido partió el cielo, empezó a tronar, cayeron rayos y meteoros sobre los herejes y, en el acto, mordiendo la tierra, todos rodaron por el suelo. Me he documentado; la tradición afirma que todos estaban muertos; el viejo Alí discrepa con los historiadores. Irving, Weil, Abulfeda, se figuran éticamente que sólo los conversos sobrevivieron a la maldición de Alá y que allí nació el Islam. El mercero era más razonable: No todos los Grandes Antiguos, me aseguró, fueron aniquilados ese día. Por eso una de las tribus de la raza de Thamud se partió en dos bandos; en el medio quedó el odio. Y el Thar.
Como es natural, hay en la historia un protagonista desventurado (el desventurado Umar ibn Yadir, a quien yo creí cobarde pues no entendió el oráculo del agua), y hay una consigna tribal que, arrancando de sus juegos a los primogénitos, los iniciaba en la edad viril. Cuando un varón navegue su espada en la maldita sangre de un bastardo, hijo de chacal y de perra, dormirán los que purgan vigilia bajo la arena, dice.
La obediencia de esa gente no fue menos espantosa que su maldición. El viejo me habló de caballos arrasando durante siglos las tiendas de una y otra tribu. El fuego, con el que sólo mata Alá, fue combatido con la degollación, y el odio desparramó sangre y cenizas árabes por el desierto y por el viento. Cuando nació Umar, su abuelo Selim fraguó él mismo una cimitarra, engarzó su empuñadura de piedras y grabó en su hoja: Thar.
-Esta espada.
Y la voz del mercero de Jeppener retumbó.
Había descolgado el arma; sobre la pared quedó en el polvo el dibujo preciso de una medialuna. Y yo sentí aquel vínculo que ya dije, no sé qué secreta relación de causa y efecto entre el puño del viejo y la empuñadura. Cuando el viejo volvió a colgar la cimitarra, miré su mano: me pareció inconclusa, mutilada.
En blandas tardes de Jeppener, en siestas sonoras de torcacitas, oí el resto de la historia. Supe que Umar no fue terrible: fue desdichado. El mes pasado comprendí que tampoco había sido cobarde. Y ahora, mientras releo mis borradores, veo que se produce en la historia algo así como un mínimo milagro. Se dio mientras Alí me relataba la cabalgata, que yo escribiré un poco más adelante. El arbitrario castellano del mercero, alterando tiempos verbales y géneros, armó este espejismo:
-Y Umar galopó, don Castillo, y llegué a Damman bajo una luna de sangre.
De donde resulta que la Luna es varón y que un hombre sale al galope y cuando llega es otro.
Umar ibn Yadir nació en el año 1260. Cuando escuché esto entendí que el viejo Alí jamás podría haber sido su lugarteniente, a menos que yo estuviera hablando con su ánima o con un anciano de setecientos años. De todos modos, pregunté cautelosamente:
-Cuántos años tenés, Alí.
-Ochenta dijo.
Me tranquilicé y el comenzó a recordar recuerdos de hace siete siglos. El padre de Umar, me dijo el viejo, se juntó de muy joven con una muchacha misteriosa y bella: al regreso de un viaje a Oman la trajo con él, robada (pero ella quiso ser robada) y nadie conoció nunca su origen. La chica está preñada y se llama Yasmin. En la historia hay ahora vestidos multicolores, panderos y danzas: bajo el ancho plenilunio del desierto la tribu celebra el nacimiento de Umar. Esa es la noche que se conoce como la Noche de la Degollación. Porque entre los cantos se oirán galopes: finas patas irrumpen tumultuosamente en la madrugada de la fiesta. Yasmin es muerta en la misma cama de donde, un segundo antes, Selim, abuelo de Umar, levantaba en brazos al chico. Una cimitarra cae en la frente del abuelo, quien nunca se repondrá de aquella herida pero que ahora alcanza a huir con el recién nacido contra el pecho. A plena luna, bajo el más hermoso de los cielos creados por Alá, el Clemente, las dos tribus se atropellan a muerte y los caballos que se pechan en la penumbra sienten, empavorecidos, el vacío sin peso de la montura degollada. Según el viejo, más de quinientos caballos sintieron lo mismo esa noche. Quizá fue una exageración; pero sí es cierto que el exterminio fue meticuloso y parejo. Al amanecer, el padre de Umar plantó en el pecho del último hereje la lanza patriarcal y lo dejó clavado en el piso a las puertas de su tienda, y ahí mismo expiró, bendiciendo a Alá y a Saleh.
-Se había cumplido el Thar –dije yo con estupidez.
El viejo mercero de Jeppener me miró con fatiga; antes había levantado sus ojos hacia la espada sarracena.
Dijo que no.
Umar y su abuelo Selim creyeron durante mucho tiempo, como yo, que la antigua profecía (cuando un varón navegue su espada en la maldita sangre del último bastardo, hijo de chacal y de perra) se había cumplido durante la Noche de la Degollación, pero un hombre jadeante, un mensajero, se arrodillará una tarde junto al lecho donde el viejo abuelo Selim agoniza de la herida que recibió veinte años atrás, y también dirá que no, que todavía no. Lejos, en la fantástica Damman, vive un hombre casi centenario, el último de la tribu inmunda que no siguió a Saleh. La bondad y la previsión de Alá lo hicieron longevo; de otro modo, Umar no habría crecido lo suficiente como para degollarlo, imaginó que debió pensar el abuelo Selim. Selim ahora llama a su lado a Umar. Lo llama hasta su cama como en los buenos tiempos en que le contaba la hermosa historia de Borak, la yegua alada, y del zafiro que los efrits robaron de la Caaba; pero Umar, que llega, no es el chico atónito que escuchaba apólogos ejemplares, sino un hombre sombrío y poderoso que acaba ciñéndose la espada de los primogénitos y que se puebla de odio.
-Y Umar cabalgó, don Castillo –dijo el mercero, equivocando los tiempos de verbo y haciendo varón a la luna-, y llegué a Damman bajo una luna de sangre.
Porque hay en la historia una cabalgata nocturna sobre arenales sin término que tienen la forma y el color de los sueños, y hay, entre las sombras, antepasados clamorosos de venganza, que galopan junto a Umar. Hay, por fin, al fondo de una calle donde se escuchan los balidos de un matadero y las voces nasales de los cantores ambulantes, una casa blanca en forma de herradura con muchas habitaciones que dan a un patio cuadrado. Umar, me dijo el viejo, nunca había estado en esa ciudad, pero sintió en el corazón que reconocía los maceteros de arcilla, las rosas, el rosedal de alambre. La casa estaba abierta y vacía, como si lo esperara. En una de las habitaciones vio un cuerpo. Ya no era un hombre, era un muñeco horrendo con los ojos fulminados por los mediodías del desierto y la piel transparente por la edad. Umar invocó su odio y a sus muertos, y, por miedo de ceder a la piedad, voleó a ciegas su espada sobre la cabeza que yacía entre las almohadas. Lo detuvo una voz.
-No –dijo la voz, desde allá abajo.
En este punto del relato hay dos sorpresas. Una, hace muchos años, en Arabia: la sorpresa y seguramente el terror de Umar ibn Yadir. La otra en la Argentina, no hace un mes: la del viejo mercero Alí. Porque yo le dije que adivinaba el resto. Recordaba otras historias y lo adiviné; al viejo sólo pude explicarle que mi oficio era inventar cuentos (recordarlos, como todos), y é me preguntó si escribiría éste. Le dije que siguiera.
-Tu madre no era musulmana –dijo el anciano ciego: su voz era inesperadamente firme, inesperadamente sonora. –Tu madre era mi hija, creyente de la vieja fe como yo, como todos los de mi sangre, y mi sangre está en guerra con Muhammad, el impostor, desde que descogotamos la camella de Saleh. Un beduino, corazón de chacal, la sedujo y la robó una noche, el perro de tu padre, hijo del impío Selim, que el cielo los maldiga. Pero Umar es mi sangre, puesto que nació del vientre de mi hija; y yo te impongo el Thar.
El brazo de Umar ya no caerá sobre la cabeza del abuelo, quien sonríe en la muerte porque el nieto ha salido al patio de las rosas a consultar la noche.
Una hora más tarde, Umar volverá a entrar, pondrá su mano en la frente del cadáver y le dirá a un cadáver que descanse en paz.
Los arenales de regreso, como los de la ida, son un mal sueño. Sólo que ahora la inútil espada del Thar ha sido condenada a no envainarse y los fantasmas vengativos pertenecen a dos tribus. Sin nadie a quien matar ni de quien vengarse, Umar consulta a una hechicera. La vieja quema unas hierbas y da unos gritos, inquiriendo al misterio un final adecuado para la historia. No hay final. Los que claman bajo la arena, dice el humo, todavía no descansan. La vieja mira las brasas y habla:
-El agua prevalece sobre el fuego. La respuesta está en el mar o no hay respuesta.
Lo que sigue sucedió en Yedda, junto al mar, una noche de 1290. Acosado por sus muertos, Umar ibn Yadir miraba el agua; después, bruscamente, miró los barcos. Esa misma noche abandonó Arabia para siempre.
A partir de ese momento la cimitarra empezará a viajar en el tiempo hasta llegar a la pared de la casa de un hombre, que en 1972, será mercero en un oscuro pueblito argentino y estará hablando conmigo, contándome esta historia.
-La va a escribir –me dijo el viejo, la última tarde.
-Cómo era el mar aquella noche –pregunté.
-Calmo. Había luna.
-Umar, qué hacía.
El viejo tardó un rato en contestar. El tono de su voz se contradecía un poco con el sonido de sus palabras. Ostié lo sabi, dijo.
-Usted lo sabe. Se miraba en el agua.
En el crepúsculo de la mercería, se oyó el pitido del último tren de la tarde. Me despedí. Cuando salía, el mercero me tomó de la manga. No me pareció un gesto cordial.
Me preguntó si yo creía que Umar había sido cobarde. No le dije que no.
-No sé –le dije-. Creo más bien que no entendió la maldición de su tribu. La noche de 1290 tampoco entendió la orden del mar. La respuesta del agua no eran los barcos, era su cara. El último Thamud y el bastardo hijo de chacal y de perra no eran dos hombres, era uno: era él.
En el tren a Buenos Aires yo pensaba en los ojos del viejo Alí. La penúltima mirada que le recuerdo fue de odio; la última, de felicidad.
Y ahora debo escribir el verdadero final de la historia. Umar no era cobarde. Lo encontraron muerto por su propia mano, clavado en su cimitarra, el mismo día en que comprendió quién era. El destino impuso una noche de luna que Umar viajase lejos para que el piso donde afirmarías la empuñadura no fuese de arena inconsistente, para que fuera un patio de tierra, en Sudamérica, en la Argentina. Umar era el viejo Alí. Y ahora yo no sé si el lector aceptará que esta dudosa muerte de cuento tenga algo que ver con esa otra del 27, en Jeppener, donde las “misteriosas circunstancias”, decían los diarios, “rodeaban el hecho”. Nadie que conozca los artificios de que se vale la ficción (una verdad, entre muchas trampas y mentiras) será tan simple o tan curioso como para ver si es posible vincular dos muertes, una en el año 1340, otra en 1972, en la segunda de las cuales se habló de un escritor nacional “vinculado al suceso, por ser una de las últimas personas que habló con el occiso”, donde la palabra suceso significa que un hombre apareció muerto en un patio de Jeppener, y donde la palabra occiso es pronombre de Omar Jadir (“alias el turco Alí”), árabe de ochenta años, soltero, naturalizado argentino, como recogen con idéntico error en el nombre, idéntica omisión del patronímico e idéntico mal gusto en el paréntesis, los vespertinos del 27. Umar ibn Yadir, debieron escribir, raza de jeques, de quien yo digo que ya no clamará bajo la tierra, que cumplió el Thar y que Dios lo ha perdonado. Umar ibn Yadir, que murió en el año 1340 de la Héjira, o, para decirlo con exactitud, que conoció la lúcida felicidad de matarse en la noche del 27 de julio de 1972, según nuestro calendario.

Abelardo Castillo, Las maquinarias de la noche (Los mundos reales IV) Buenos Aires, 1992

 

Fuente: Ignoria: Relecturas

Por lobitogabriel - 18 de Febrero, 2006, 8:20, Categoría: cuento
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novela

III PREMIO INTERNACIONAL DE NOVELA DE LA URJC "JAVIER TOMEO"

 

Podrán presentarse todos los escritores que lo deseen con obras originales e inéditas escritas  en lengua castellana.

 

Tendrán una extensión mínima de 125 páginas y máxima de 350 páginas (entre 2.000 y 2.400 caracteres por página). El nombre y datos personales del autor se adjuntarán en un sobre aparte, cerrado y en el que sólo figurará el título de la obra y el seudónimo o lema elegido por el escritor.

 

Los trabajos deberán remitirse por triplicado a:
Vicerrectorado de Extensión Universitaria,
UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS
-Edificio del Rectorado- 5ª planta, despacho 507,
Calle Tulipán s/n,
28933- Móstoles.

 

En el sobre se hará constar: III Premio Internacional de novela de la Universidad Rey Juan Carlos  “Javier Tomeo ”.

 

El Premio de Novela “Javier Tomeo” está dotado con 6.000 euros como premio único. El Premio no podrá ser concedido a quienes lo hayan obtenido anteriormente. Asimismo, si cualquiera de las novelas presentadas concursa a otro Premio y resulta ganadora deberá retirarse inmediatamente de la convocatoria presente.

 

El plazo de entrega de originales concluirá el día 28 de febrero de 2006, incluido este día.

 

La Universidad Rey Juan Carlos se reserva en exclusiva el derecho de edición de la obra premiada, tanto por sus propios medios como mediante acuerdo con alguna editorial, durante los seis meses siguientes al día del fallo.

El jurado podrá declarar desierto el premio.

Las obras no premiadas no serán devueltas, siendo destruidas después de la proclamación del ganador.

Por lobitogabriel - 18 de Febrero, 2006, 8:18, Categoría: concursos literarios
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dulcinea

XIX Certamen Literario Internacional Dulcinea 2006; de ensayo, cuento y poesía. (15 de marzo de 2006).
____________________________________
1. PARTICIPANTES
Podrán participar cuantos autores españoles o extranjeros lo deseen, salvo los premiados en ediciones anteriores de este certamen. Las obras deberán estar escritas en español. Todos los participantes podrán concursar simultáneamente en todas las modalidades.
2. MODALIDADES, TEMAS Y EXTENSIONES
1. Modalidad de Ensayo: Trabajos sobre el tema: “Situación del español en Cataluña”. Extensión máxima de 5 páginas.
2. Modalidad de Cuento: Cuentos de tema libre. Extensión máxima de 4 páginas.
3. Modalidad de Poesía: Poemas cuyo tema sea cualquier personaje de la obra de Cervantes “El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha”. Extensión: entre 20 y 50 versos.
3. OBRAS
Las obras presentadas, un máximo de dos por autor y modalidad, deberán reunir los siguientes requisitos:
3.1. Ser originales, inéditas y no premiadas en ningún otro certamen.
3.2. Mecanografiadas a doble espacio por una sola cara y constar de 30 o 32 líneas por página; grapadas en su parte superior izquierda y sin tapa dura.
3.3. Las escritas, mediante ordenador, deberán serlo en un tamaño de 12 puntos.
3.4. Irán sin firma ni ningún elemento que pueda identificar a su autor. Para ello se utilizará un seudónimo.
En el encabezamiento de las obras se indicará:
a) XIX Certamen Literario Internacional Dulcinea 2006.
b) Título de la obra y seudónimo utilizado.
c) La modalidad en la que participa.
3.5. En plica (sobre pequeño aparte, adjunto y cerrado) se repetirá, en su exterior, los apartados a, b y c arriba mencionados y en su interior: los mismos apartados más el nombre, apellidos, domicilio, teléfono del concursante y dirección de E – MAIL si la tuviere, además de una declaración personal en la que certifique ser autor de la obra.
3.6 Se enviarán por quintuplicado.
4. ENVÍO DE LAS OBRAS Y PLAZO
Las obras se remitirán por correo a la:
Asociación Acción Cultural Miguel de Cervantes
C/. Guitar, 45, ático 2ª
08014 Barcelona
España
También se podrán entregar en mano en la secretaría de la entidad los lunes, martes, miércoles y viernes de 18.00 a 20.00 horas.
En el sobre se indicará “Para el XIX Certamen Literario Internacional Dulcinea 2006”.
El plazo de admisión finalizará el día 15 de Marzo de 2006.
Las obras no premiadas se podrán recoger en la asociación, los mismos días y hora que se indica anteriormente para su entrega, hasta 30 días después del fallo. A partir de entonces los trabajos no retirados serán destruidos.
5. PREMIOS ESTABLECIDOS
Un primer premio, por autor y modalidad, de 800 euros. Los trabajos premiados se publicarán en la revista Cervantina (formato papel) y Cervantina Digital de Internet.
6. FALLO DEL JURADO
El jurado será nombrado por esta asociación entre profesores, escritores y poetas. El fallo del jurado será inapelable, se comunicará a los ganadores telefónicamente o por correo, y se hará público durante la cena que tendrá lugar el día 29 del próximo mes de abril, en conmemoración del aniversario de Cervantes, a la que podrán asistir libremente, quienes estén interesados.
El lugar se anunciará en los programas de la Asociación.
Más información:
E-mail: cervantina2001@yahoo.es
Web: www.cervantina.org

Por lobitogabriel - 18 de Febrero, 2006, 8:14, Categoría: concursos literarios
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Antón Corpas, caricatura de civilizacion

Caricatura de civilización

A J.Kalvellido, un imprescindible

Por Antón Corpas


1. La cuestión fundamental en torno a las caricaturas que representan a Mahoma, entre otras formas, con una bomba en el turbante, no está en la capacidad de una parte de la calle árabe para restringir la libertad de expresión en la prensa occidental. Por qué esa capacidad asciende a bajo cero, si tenemos en cuenta que los dibujos de la discordia se publicaron originalmente en septiembre del 2005 y no provocaron que sepamos reacción alguna ni siquiera entre quienes por lógica geográfica tuvieron acceso a ella: los musulmanes inmigrados en Dinamarca. En cambio, el dibujante Christofer Zieler, reconoce como el mismo diario Jyllands-Posten, que publicó las doce viñetas, rechazó antes otras similares sobre Jesús de Nazaret: "Mi caricatura, que ciertamente no ofendió a ningún cristiano al que se la mostró, fue rechazada porque el editor consideró que podría ser ofensiva para los lectores en general, no necesariamente para los cristianos" (El Mundo 9/2/05). Pensando que la polémica actual estalla cinco meses después de su publicación original, en pleno corazón del mundo árabe, sin saber como ni por qué pero inmediatamente después de la victoria de Hamás en Palestina y en plena campaña mediática en torno a la política nuclear iraní, hay que ver que se juega aquí realmente. Desde luego la cuestión no está en señalar la mano del dibujante, como señala Santiago Gonzalez Vallejo: "lo relevante de los buenos estrategas es incluir el nuevo acontecimiento en la dinámica que favorezca a tu estrategia" ("La luna y el dibujante, www.nodo50.org/csca). Es bastante ingenuo considerar que las caricaturas son la provocación con que un enfant terrible consigue sulfurar los sentimientos pacatos de los creyentes. De la distancia de cinco meses entre la primera publicación y la situación actual, se deduce una elección no precisamente arbitraría para su difusión en Africa, Oriente Medio y Asía, la elección de un momento clave para un uso político calculado de la caricatura. A la reacción de una parte de la población árabe y de las distintas embajadas, el propio responsable de cultura del diario Jyllands-Posten, respondía: "estamos siendo testigos de un choque de civilizaciones".

 

2. Aún defendiendo la libertad del dibujante y sabiendo que la censura previa o la autocensura encierran siempre relaciones de poder inaceptables, hay que plantearse también otras tantas cosas. Por ejemplo, la autoridad del caricaturista sobre su propio trabajo, cuando son las necesidades de la estructura mediático-política a la que vende su trabajo, las que seleccionan que dibujos se publican, como y cuando se difunden, y donde y cuando pueden hacer daño o ser rentables a la política del poder. Así, ¿tiene Christofer Zieler algo que decir sobre la manera, el momento y la intención con que las caricaturas se han dado a conocer en la calle árabe, en la calle asiática o en la calle africana?. También hay que plantearse hasta que punto el caricaturista como el sátiro poseen el beneficio del silencio y el privilegio de la no-crítica. Cualquiera que entre al debate político se expone y ha de exponerse a una respuesta. Y se puede y se debe, sin dañar en nada la libertad de expresión, criticar con la misma libertad un texto del teórico de la guerra de civilizaciones, Samuel Huntington, que la del dibujante que convierte en algo mas que metáfora esa teoría, colocando una bomba en el turbante de Mahoma.

 

3. Hay que señalar también el desequilibrio entre un dibujante que, publicando su particular mirada sobre las cosas en un periódico danés, tiene la capacidad de provocar risas u ofensas en diferentes partes del mundo, frente a la dificultad de todos los que viven al otro lado del paraiso de la libertad, sean islámicos integristas o moderados, sean de izquierdas o de derechas, para divulgar críticas, opiniones y sentimientos en occidente. Esto es representativo del orden mundial neocolonial. La opacidad de Europa y Estados Unidos respecto a las posiciones políticas e intelectuales al otro lado del Pacífico y el Mediterraneo, es tan grande como la permeabilidad, y no solo en cuestiones religiosas, de Africa, Oriente Medio y Asia respecto a lo todo que se dice y se hace en Occidente. 

 

4. Los hechos se inscriben también en un contexto político interno, donde la situación social alentada por el actual gobierno danés, de extrema derecha, está generando un clima de xenofobia al que, por supuesto, la caricatura no puede ser ajena. Si pensamos un poco, la caricatura de Zieller es asimilable a las mofas de la COPE sobre la inmigración, uno de cuyos humoristas utilizaba la reciente polémica en torno a la valla de Ceuta, retransmitiendo como una competición atlética los asaltos masivos a la fortificación. Es la población musulmana en Dinamarca, en su mayoría inmigrante y que no posee medios de comunicación ni representación política para ejercer su derecho de crítica, la que verdaderamente está amenazada en su derecho a la libertad de expresión. Los supuestos constitucionales como la libertad de expresión, sin los recursos económicos y políticos que permiten ejercerlos, no son nada; eso sin hablar de los "sin papeles" que evidentemente multiplican esa posición de inferioridad en el ejercicio de los derechos fundamentales. Hay que añadir la legislación y la práctica policial antiterrorista en todos los estados europeos y en Estados Unidos, que permite una libertad total para detener, procesar o deportar sospechosos, en base a frágiles indicios u opiniones, y que coarta aún mas la libertad y la capacidad de expresar las opiniones de la población inmigrante en occidente, condenándola a una extrema fragilidad legal, política y social.

 

5. La escritora y columnista Cristina Peri Rossi, avisa de "los peligros del fanatismo de una religión que, además, no se separa de la política" y añade que "muchos años de civilización han sido necesarios para reirnos de nosotros mismos, lo cual nos salva del fanatismo. Gracias a Dios o a Alá, lo mismo da, rima y todo" ("Contra el fanatismo", El Mundo de Catalunya 9/2/05). No se si conocen la mayoría de los lectores el caso del libro "Violencia: Tolerancia Cero", editado por la Obra Social La Caixa, y escrito entre el psiquiatra mediático Luis Rojas Marcos y la socióloga Inés Alberdi. El libro, gratuito y expuesto hasta hace pocas semanas en todas las sucursales de la caja de ahorros catalana, entre otras cosas expone un análisis acertado de la violencia de género, relacionado con las relaciones de poder en la familia y entre hombre-mujer, con el patriarcado y sus resabios culturales. En concreto Alberdi, atribuye a la totalidad de las religiones monoteistas una responsabilidad histórica y cultural, que solo los recalcitrantes de cualquiera de ellas pueden negar. Pues bien, hace pocas semanas, la dirección de La Caixa, ordenó la retirada del libro de sus sucursales, ante una campaña que a través de foros telemáticos, lanzaron integristas católicos contra el libro y contra la entidad financiera. Hoy, la publicación solo puede lograrse a petición propia, pero en las sucursales de la caja, es un libro invisible. Lo que nuestros intelectuales y columnistas, con el pecho hinchado, llaman "nuestra civilización", imaginando que una metafísica histórica ha inscrito en cada "ciudadano occidental" a Platon, Plutarco, Voltaire o  Miguel Servet, es una caricatura de la realidad. Habrá que recordar que la Alemania nazi no dejaba de ser la mas culturizada de las sociedades europeas, tanto sus elites económicas e intelectuales como su clase obrera tenían una infraestructura cultural y un sistema educativo por entonces casi inéditos en el resto de la geografía europea. Eso no evitó que pasara lo que todos ya sabemos. ¿Que es, pues, lo que hay que confrontar hoy?. Lo siento señores, pero las huellas de nuestra civilización no están en sus bibliotecas, ni el riesgo está en "la ignorancia" de los presuntos salvajes que viven mas allá de nuestro ombligo y nuestras narices. Las huellas de nuestra civilización y los riesgos de nuestro tiempo, están muy lejos y muy cerca. Están en Bagdag. Están en Gaza y Cisjordania. Están en Haití. Están en Afganistán. Las huellas de la intolerancia, esta caricatura de civilización.

Por lobitogabriel - 18 de Febrero, 2006, 8:11, Categoría: lecturas
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gladys mendia gutierrez, venezuela

Vital

 

Los ojos buscan

la punta de mi naríz

para desenfocarse,

leerte

cuando flotas,

conjugar

como polvo de estrellas

sabiendo

polvo de éter.

 

Respiro tu transparencia,

aire y luz

voy hacia los fractales

que traspaso

con el brillo en los pulmones.

Por lobitogabriel - 18 de Febrero, 2006, 7:53, Categoría: poesia
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gabrie velozo

Lunes: 2 A.M.

 

anoche imaginaba mas allá

de tu piel desnuda

                        acalorada

                                     solitaria...

bañada en el azul de tus ojos.

 

 fresca / tenue

                       la    brisa

besaba mi cara y mis manos 

dibujando   olas ,     nubes...

de    alegría     descarnada.

 

hasta   que  la   realidad 

despertó     mi     sueño,

la      misma        quizás 

que        te        atrapó

en       los  .....    tuyos. 

               

gabriel velozo     vientos de letras y arena .

Por lobitogabriel - 18 de Febrero, 2006, 7:52, Categoría: poesia
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ricardo gallegos diaz, cuba

Memoria

 

Mi memoria, esa,  la que descubre mis motivos y me atrae sueños y alegrías,

siempre lista para crear imágenes en cada espacio de mi mente,

protagonista de todas las épocas y cruzadas,

esa, la que me da placidez, relajación y complacencia.

 

En el combate de mis recuerdos por ti,

viajé desde la entrañas de mi ser hasta lo etéreo de la memoria,

y me enredé en retratos, algunos, disipados por el tiempo,

otros, como íconos concebidos en el pecado de cada evocación.

 

Examinar las disímiles formas de tu cuerpo y de tu rostro embelesado,

hacen de mi un ser solitario,

que se aferra al abrigo del presente y a las nostalgias del pasado,

vivencias que como fantasmas y sombras,

 van floreciendo de nuevo en mi memoria maravillosa en actos llenos de fe.

 

Recuerdos y añoranzas,

las que me remiten definitivamente al pasado,

habilidad de la memoria para dibujar protagonistas y realidades,

ofrendas que solo se hacen a la Luna

en noches de insomnio y de emancipación de la  memoria.

 

Imágenes y recuerdos del desatino,

flujo interior que recrea mi retentiva.

Transmisión mitológica y alegórica de cada momento de éxtasis y seducción,

fusión que penetra en mi cuerpo y en la mudez para extraer memorias,

y leer, así, entre líneas y apresuradamente los secretos de tu alma femenina

Por lobitogabriel - 18 de Febrero, 2006, 7:46, Categoría: poesia
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